jueves, 20 de agosto de 1998

Blas Infante: Síntesis del Ideal Andaluz por Manuel Ruiz Romero

El ideal político de Blas Infante, de superación de la dependencia económica, cultural y política de Andalucía, supone la recuperación de la memoria histórica de Al Ándalus, el estudio de las implicaciones actuales que la impronta de la cultura musulmana nos legó, y el rechazo a toda teoría centralista, basada en una hegemonía ideológica de lo cristiano que impone, menosprecia y rechaza. En una palabra: el falseamiento de la historia y la cultura de un pueblo para su mejor sometimiento. “Mejor es callar lo que supuso desde el alba del estado moderno la uniformidad religiosa determinada por la confesión central”.

A partir de sus contactos con los intentos regionalistas de principios del siglo XX en España, Infante elabora su teoría y práctica política. Es difícil encontrar incoherencias en su pensamiento o en su obra. Notario, investigador autodidacta, y “amigo de todas las revoluciones” se vincula al movimiento del nacionalismo andaluz al que dedicará sus fuerzas, recursos, estudios, escritos y su propia vida. Desde su radicalidad será rechazado, pero en los últimos días de su existencia será reconocido institucionalmente, y nombrado Presidente de honor de lo que podría haber sido, en Septiembre de 1936, el futuro gobierno andaluz de no ser por la guerra civil española.

Infante descubre Al Ándalus en la dialéctica del estudio del pasado, la observación de la realidad, y la búsqueda de futuro para la prostituida historia de Andalucía. Blas Infante encuentra tres momentos en los que Andalucía es una nación reconocida; en aurora protohistórica con Tartessos; luego, en la Bética senatorial, y en la etapa de Al Ándalus.

Su nacionalismo opuso el “Principio de las nacionalidades” de Wilson (1.918), como propuesta germánica, racionalista y cartesiana, al “Principio de las culturas” entendido éste como dinámico y revolucionario: el deseo voluntario de ser pueblo. En Al Ándalus encontrará una Andalucía islámica que estudiará a través de sus principales autores, con nuevos ojos, y elaborará su síntesis histórica, económica y socio-cultural de la que derivará gran parte de la Andalucía de hoy. La comprensión de esta etapa marginada será vía obligada en la recuperación de la conciencia de pueblo para el andaluz.

Fruto de esas horas de estudio, dará a luz su libro “Motamid, último rey de Sevilla” que él mismo publicará en su imprenta, fundada a fin de difundir la cultura popular entre el campesinado. En fecha aún no localizada por el biógrafo Enrique Iniesta, escribe un segundo drama también de temática andalusí, hoy aún inédito, “Almanzor”, en el que vuelve a recrearse en los contenidos históricos, artísticos y culturales de la historia del Califato. Entre sus escritos destaca la continua presencia de reflexiones y versos en lengua árabe, así como de etimología musulmana.

Su interés en torno al tema que nos ocupa le obliga a visitar el extranjero. Será en 1928 cuando marche al Al Garbe, en concreto a Silves, en Portugal, para asistir a un homenaje al rey poeta Motamid. En 1924 viaja a Marruecos en plena guerra colonial española frente a Abd el-Krim. Visita como peregrino en Agmat la tumba de Al-Motamid, último rey andalusí de Sevilla al que ya había dado vida a través de su pluma. El impacto de la visita, la Kutubía, las nubas, los apellidos y barrios andaluces en el Norte de África, serán motivo de estudios que darán lugar a nuevas teorías socio-políticas.

El afán de estudio por el esplendor de Al Ándalus, le lleva a estudiar la lengua árabe, aprendizaje que realiza con una suficiencia como para ejercer de docente en los salones del propio Alcázar de Sevilla. La abundancia de textos manuscritos en lengua árabe y que tratan temas islámicos en su legado de inéditos, nos da idea del interés de la persona sobre el tema.

Incluso, en 1931, las Juntas Liberalistas inician una campaña a favor de la construcción de una mezquita en Sevilla “no con ánimo de hacer profesión o confesión de una religión determinada, sino con el objeto de afirmar la libertad y pluralidad religiosas, elementos de síntesis de la Historia de Andalucía”. Para ello, elaboran un cuestionario para los lectores: “¿Qué lugar de Sevilla sería el más a propósito (sic) para situar el templo musulmán?¿De cuáles medios pudiéramos valernos para allegar los necesarios recursos?”.Al Ándalus como fundamento de la Andalucía del futuroPara Blas Infante, Al Ándalus es la continuidad del espíritu griego. El reconocimiento de una nueva influencia cultural y de una síntesis autóctona peculiar (aculturación). Quizás el hecho histórico que más estudia la obra de Infante es el de la llamada “invasión-conquista”. Punto en el que no sólo se adelanta a los investigadores de su época, sino sobre el que hoy en día aún no se han posicionado con sentido crítico muchas de las Universidades de Andalucía.

A través de los Centros Andaluces primero y de las Juntas Liberalistas más tarde, Infante promociona Andalucía como unidad distinta y viva; un pueblo debe ser culto e ingenioso. Trata de conseguir su liberación por medio de la fuerza cultural y renovadora. En gran parte de las actividades motivadas desde estas entidades, sus publicaciones, manifiestos y llamadas, se intenta conseguir la deseada concienciación del pueblo andaluz.

Aunque Al Ándalus no significa la Andalucía de hoy, no se puede despreciar el hecho. Algunos autores contemporáneos a Infante sugieren la necesidad —más correcta en esta línea— de afirmar que España capituló ante los musulmanes antes de hablar de conquista. Otros, como en el caso de Ignacio Olagüe, hablan de integración de la Península en la cultura islámica en lugar de ocupación armada. Al margen de las interpretaciones legendarias que justifiquen la presencia de musulmanes en la península, lo cierto es que no se puede hablar rotundamente de conquista.

El relato que hace Blas Infante de la llegada de los árabes a Andalucía es claro: los andaluces les llaman, tras los años de invasión de los ‘bárbaros’, y ellos vienen, “reconocen la tierra y encuentran a un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación. Acude entonces Tarik (¡14.000 hombres solamente!)”. Andalucía se levanta a su favor y, en menos de un año, 34.000 hombres consiguen establecerse en la Península Ibérica.

Los ochocientos años siguientes supusieron la inoculación de sangre semítica entre los andaluces, si bien Blas Infante sostiene que el ‘genio andaluz’ supuso la creación de un nuevo mundo árabe, tolerante y libre. Durante estos siglos los cristianos conservaron sus leyes, sus principios, sus tributos, sus cobradores...

“Ha flotado siempre, flota aún, sobre esta tierra hermosa y desventurada que hoy se llama Andalucía. Su sangre ha podido enriquecerse con las frecuentes infusiones de sangre extraña, pero sus primitivas energías vitales se han erguido siempre dominadoras; no han sido absorbidas, como simples elementos nutritivos, por las energías vitales de una sangre extranjera”.

Al Ándalus va a ser considerada como una etapa de libertad y brillantez cultural: “Lámpara única encendida en la noche del Medievo”. Desde un lenguaje no exento de crítica y lejos de visceralidades que provoquen subjetividad, sentencia Infante la cuestión afirmando: “Andalucía era libre; hoy es esclava”.

Durante estos siglos todos sabían leer y escribir, existía una gran actividad industrial, con modernos métodos agrícolas, “...y, sobre todo, aquel bienestar general que permitía ir a caballo a todo el mundo en lugar de ir a pie”. Andalucía brillaba con luz propia e iluminaba el oscuro pasado europeo: Córdoba “apasionada por las ciencias”, ciudad de bibliotecas, escuelas, academias, médicos y escritores ilustres; Sevilla con sus sabios: Abu Zacaría, Zeiat, Aben Motrif..., Granada, Málaga, Almería, Jaén..., todas con grandes personajes destacados en la ciencia y el pensamiento de aquellos años.

Para un planteamiento ‘oficial’, y presentado como científicamente serio, sólo se reconocerá la existencia de Andalucía a partir de la consiguiente ‘reconquista’. Pero no defiende Infante sólo la aparición de un Estado Al Ándalus (la nueva Castilla como se la llamaría después) como unidad cultural, definida aún por oposición en el contexto peninsular; sino también como el conjunto de aportaciones científicas con repercusión en lo cotidiano que trajo consigo esta permanencia en el tiempo. Hechos que están poco reconocidos, estudiados y en su justa medida valorados. Se potencia así al nuevo Estado castellano-cristiano como paradigma de la nueva realidad histórica que le toca vivir a Andalucía. La civilización andalusí, presente alrededor de cinco siglos en gran parte de Andalucía, se convierte en un paréntesis temporal de escasa importancia y despreciable interés.

“La historia del Islam peninsular ha sido descuidada durante mucho tiempo por el historiador profesional, el medievalista; quizás como resultado de la pervivencia, a través del nacionalismo (español) moderno de la vieja idea de ‘reconquista’, que tendía a considerar la presencia del Islam en la península como un accidente incapaz de sustentar derechos adquiridos de ningún tipo. Esto, unido a la falta de documentación adecuada, justifica el retraso de la investigación histórica sobre Al Ándalus”.

El auge alcanzado por las distintas capitales andaluzas Blas Infante lo considera como el principio de su diversidad:

“Andalucía es un anfictionado de pueblos, animados por el mismo espíritu y fundamentados en la misma historia; pero estos pueblos —ni por su tradición particular, la cual alcanza a distinguirse dentro de la unidad espiritual e histórica de Andalucía, ni por el carácter cultural de esa historia, que, al contrario de los pueblos de fundamento románico y gótico, no hace un fin esencial de la política— no pueden llegar a someterse a la regla inflexible de su estado político homogéneo. Puesto que, además, nos encontramos actualmente con el instinto de conservación de las capitalidades provinciales, las cuales, casi todas, han sido cabezas de reinos durante Al Ándalus, cada una de ellas debe llegar a constituir un Estado, el cual venga a reanudar la tradición de las pequeñas cortes erigidas en Academias, presididas por los príncipes. Esto no se opone a la existencia de una representación unitaria de Andalucía, en el orden político, constituída por delegados de los Estados andaluces”.

La convivencia, durante los años de Al Ándalus, de beréberes, árabes, gallegos, catalanes, eslavos,... e incluso tres religiones, judaísmo, cristianismo e islam, definen claramente el nacionalismo andaluz: ‘antibélico’, ‘acogedor’, ‘antirregionalista’ y ‘antinacionalista’, aspectos que quedan claramente reflejados en el lema “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”. Este lema, en palabras de Blas Infante no es una “fórmula arbitraria”, sino que se convierte en la “síntesis de la Historia de Andalucía”.

Es más, el castellano hablado en Andalucía —habla andaluza— se encuentra claramente influenciado por los ‘sonidos’ dejados por los árabes. En resumen, estos ochocientos años fueron de plena libertad, de desarrollo y expansión:
“Hay que aprovechar esos períodos libres —dirá— para reencontrar el río de la genialidad, fuerzas sociales culturales, para hacer del hombre andaluz, hombre de luz, como lo fue antaño, cuando fue capaz de crear un foco cultural como Tartesos e inundó el mundo occidental con la sabiduría de Al Ándalus [...] Recobrar la libertad andaluza no significa separación, insolidaridad, sino tendencia a fortalecer la fraternidad, pero siendo uno, en sí”.

La demostración de la existencia de Andalucía y por lo tanto del ‘genio andaluz’ —en definitiva, de la existencia, desde siglos atrás, de la conciencia andaluza— lleva a Infante al estudio de Al Ándalus. Estos años constituyen un ejemplo del amor a la libertad política y a la democracia de los andaluces. Así, es en estos siglos cuando más concretamente se puede apreciar la ‘libertad de conciencia’ propiciada en las escuelas cordobesas, mientras que en Oriente la intransigencia y el fanatismo son notas dominantes. Córdoba y Granada, de este modo, fueron los refugios del genio democrático griego “durante la barbarie medieval en el resto del mundo”, ya que fue tal la fuerza del genio andaluz que somete al árabe y lo diferencia del resto del mundo islámico.

Es más, Al Ándalus significó un hecho histórico “extraño a la España europeizada; algo completamente ajeno a Europa” . Por consiguiente, Andalucía es Europa y África, una unidad rota en lo natural, lo político, lo moral y social. No es de extrañar, pues, que entre sus propuestas políticas figurara la unión con Marruecos, dos pueblos separados geográficamente por el Estrecho de Gibraltar o “Arroyo Grande”, de Abu Bakr:

“¿Se comprende ahora bien por qué aspiramos a que Marruecos, el Marruecos hoy sometido al protectorado de España, llegue a ser verdaderamente protegido, viniendo a formar un estado autónomo federado con los demás andaluces, dentro del gran Artificio de Andalucía?”.

“En los hogares castellanos o españoles se ha sugerido (sic) siempre odio y desprecio al moro. En los hogares marroquíes, odio y desprecio al cristiano (español). Los musulmanes expulsados de la península y acogidos en Marruecos, legaron siempre a sus hijos odio eterno a la raza que les arrebató y expulsó de su patria resplandeciente, Al Ándalus”.
Teoría militarista
Justificada la presencia del Islam en la península sobre la base de contenidos militaristas, en la denominada ‘reconquista’ se recurre a todo tipo de tópicos para justificar los avances de pueblos recluidos durante siglos en la Cordillera Cantábrica. Así se legitimaba la recuperación de la unidad de España, el establecimiento de la monarquía visigoda, y la restauración de la Iglesia frente al Islam. Este último argumento hizo del solar ibérico un espacio de Cruzadas, paralelas a las que existieron en Oriente Próximo, y por ello incorporó a la causa recursos de varios países europeos. Este objetivo religioso sí pudo ser compartido por otros núcleos políticos más distantes, y llegó a ser el verdadero motor de la empresa.

Blas Infante rompe con el mito de la ‘reconquista’ cristiana y sostiene que esta ‘conquista’ fue fruto de la continua rebeldía y de esas incompatibilidades psicológicas que tan bien caracterizan al genio de los andaluces. Tras la conquista se produce el retroceso histórico de Andalucía. La opresión política provoca la expulsión de millares de andaluces (moriscos y judíos) y “un bárbaro régimen económico jurídico; que produce la opresión y la miseria, repartiendo el solar andaluz en grandes porciones entre orgullosos guerreros y vanos magnates, incapaces de trocar la espada por el arado, como los nobles árabes, ni hacer otra cosa que mantener sus tierras en inacción o cobrar las rentas a sus colonos”.

“Andalucía, con nombre islámico es librepensadora”; ahora “el robo, el asesinato [...] presididos por la Cruz [...] empiezan a quitarnos la tierra [...] distribuida en grandes porciones entre los capitanes de las huestes conquistadoras [...] Y los andaluces, que tenían la tierra convertida en vergel, son condenados a la esclavitud de los señores”

Según Blas Infante, en Sevilla, capital andaluza, durante los años de la represión de la Inquisición “Dos mil personas fueron quemadas vivas en los campos de Tablada [...] Se confiscó los bienes y encarceló a diecisiete mil”.

Tras la ocupación de Granada, las capitulaciones fueron rápida y sistemáticamente violadas por los vencedores, dando comienzo a un proceso de destrucción de la cultura andalusí, un genocidio social y cultural que empieza con las primeras deportaciones en masa y continúa con cargas económicas y prohibiciones legales.

“El pueblo recién convertido por la presión de la intolerancia iniciada por Isabel, sometido a una persecución que culmina después del triunfo de D. Juan de Austria y de las terribles depredaciones que hicieron decir a Mármol que los soldados del Rey eran tropas de delincuentes.”

Andalucía fue conquistada por Europa, resistió y aún continúa resistiendo su invasión y, por ello, jamás será Europa:

“Nosotros no podemos, no queremos, no llegaremos jamás a ser europeos. Externamente, en el vestido o en ciertas costumbres ecuménicas impuestas con inexorable rigor, hemos venido pareciendo aquello que nuestros dominadores exigieron de nosotros. Pero jamás hemos dejado de ser lo que somos de verdad: esto es, andaluces; euroafricanos, ‘euroorientales’, hombres universalistas, síntesis armónicas de hombres”.
Santiago Matamoros
En este contexto destaca el mito de Santiago ‘mata-moros’. Durante su visita a Galicia, Infante propone una revisión histórica de este mito frente a la actitud que entiende que todos los malos son dignos de la espada del santo cristiano. A su vez, los historiadores árabes llamarán ‘gallegos’ a todos sus enemigos.

Es probable que en el siglo VIII el Santiago bélico no hubiese penetrado en la literatura eclesiástica [...] medio siglo más tarde [...] será convertido en el ‘anti-Mahoma’ y su santuario en el ‘anti-Kaaba’.”

Mitos como el de Santiago fueron exportados a América a fin de poder predicar el Cristianismo “y enseñar a los indios que Dios no había muerto, sino que era muy valiente y esforzado” . La actuación de Castilla en el denominado ‘Nuevo Continente’ no puede comprenderse sino como una extensión de su conducta frente al Al Ándalus nazarí. No falta pueblo aquí, pueblo evangelizado y conquistado, que no posea “una imagen de un feroz español con una cruz en la mano y una espada en la otra, caballero en un caballo matando hombres”

En Pontedeume y en Unión de José Mas, Infante es testigo de una anécdota que hará contar en sus publicaciones y en su inédito “Almanzor”.El legado de Al Ándalus Toda la teoría política de Infante tiene siempre su proyección en la praxis cotidiana. Conjuntamente con las plataformas políticas y socioculturales antes aludidas que promovió, defendió con sus propuestas y actuaciones el legado de Al Ándalus en Andalucía.

En primer lugar, por la divulgación de estas teorías a través de conferencias, encuentros, e incluso por medio de su propia editorial, Avante. En segundo lugar, por las propuestas que se defendieron desde aquellos círculos andalucistas con respecto a la realidad sociopolítica de Andalucía.

Los Centros Andaluces constituyen un ejemplo de ello. Así, entre las medidas enunciadas en el Reglamento de la Sección de Sevilla aparece la de despertar el espíritu regional a través de la enseñanza de la historia. Se consideraba imprescindible la redención de Andalucía para que ésta obtuviese de nuevo el “centro de la civilización peninsular”. Siente la nostalgia de su grandeza pasada y se sonroja de su actual estado triste, fruto de la actuación “de una tiranía extraña al servicio de dogmas de barbarie, que vació sus ciudades populosas, expulsando a sus hijos y dejando yermos sus campos de jardines”.

Al Ándalus es así considerado como el referente histórico más destacado, donde el genio y la idiosincrasia andaluza se expresaron con mayor nitidez. Va a ser una constante en todos los programas: “Restitución a Andalucía de la conciencia de su personalidad cultural creadora en lo pasado, de las más interesantes culturas de Occidente”. A su vez, “la reafirmación consciente de las aspiraciones esenciales de Al Ándalus, traducidas con criterios modernos o actualistas”.

Los andalucistas defenderán un “Estado Federal que delegue en Andalucía las relaciones internacionales con los pueblos africanos y de Oriente”. Reclamando igualmente una máxima protección, por parte del “Estado Andaluz”, “de los andaluces musulmanes y moriscos expulsados del territorio peninsular”. El andalucismo como ideal cultural comporta un anfictionado de pueblos unidos por la cultura. Frente al Marruecos colonial de la época, Infante aspira a hacer de este territorio, “un estado autónomo federado con los demás andaluces, dentro del gran anfictionado de Andalucía”. Postura igualmente promovida por los andalucistas norteafricanos. Norte y Sur confederados y unidos por las aguas del Estrecho.

En el caso del Estatuto de Autonomía que Andalucía pudo haber tenido en la II República, Infante y los andalucistas promoverán que las relaciones con Marruecos se cedan a Andalucía, en tanto que las relaciones con este país deben volverse “de colonizadoras en fraternidad política”, a fin de que sea posible “una cooperación de fundamento cultural a base de la personalidad norteafricana en inteligencia federativa con Andalucía”.

Infante y la Junta Liberalista procuran en los sucesivos encuentros y consultas, que se cuente con “personas notables de nuestra zona de Marruecos, musulmanes y moriscos de procedencia andaluza”. Insistiendo en esta presencia en base a “la paz con Marruecos y la influencia de España respecto a Africa y al Oriente.”

A la hora de buscar los símbolos de Andalucía, Infante y los Centros Andaluces piensan en la Historia de Andalucía. Sus ideas a este respecto serán asumidas mediante Ley por la actual institución de autogobierno de Andalucía. Para el caso del escudo, el lema “Andalucía por sí, para España y la Humanidad”, y sobre éste, Hércules como símbolo “de las fuerzas de la vida Bética-Al-Andalus”, como “símbolo divino [...] que vive para crear la conciencia de la vida”.

“Los regionalistas o nacionalistas andaluces —sentencia Infante— nada vinimos a inventar: nos hubimos de limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro pueblo, en justificación de nuestra Historia”.

Sobre la disposición de la bandera andaluza (tres franjas horizontales de igual anchura: verde, blanca y verde), aprobada en la Asamblea Andalucista de Ronda en 1918, algunos autores han asociado el verde al “estandarte de la dinastía Omeya, en torno al siglo VIII”, y el blanco a los ideales de reunificación de los almohades con los distintos reinos andalusíes en el año 1146 . Pero en cualquier caso es “símbolo de esperanza y paz”.

Ejemplos posteriores confirmarán estas versiones: ondea en la Giralda de Sevilla hacia el año 1198 para celebrar la victoria en la batalla de Alarcos, e incluso en el color de la mayoría de los estandartes andalusíes conservados hoy. Incluso apoyan esta tesis otros datos más contemporáneos aún.

Para finalizar este apartado, tenemos que aludir a la que va a ser la primera casa propiedad de Infante: “Dar Al Farah” (Villa de la Alegría). Construida por jornaleros, el edificio es una muestra de la admiración del propietario por el arte islámico. Entre los arcos de herradura, las columnas, y los frescos de esta vivienda —de planta sencilla, pero refinada en su decoración interior— abundan las inscripciones en árabe.
El flamenco como herencia cultural
Una de las intuiciones más importantes de la visita a Marruecos ocurre cuando Infante escucha una nuba. Cinco años después, y fruto de nuevo de su afán investigador, nacerá su “Orígenes del flamenco y secretos del cante hondo”. Identificando la nuba como un canto coral de la Andalucía del destierro, la asocia en su origen a un módulo de canto individual. La música de la Andalucía islámica, proscrita en época cristiana se vuelve en época actual canto de “intimidad trágica”.

Infante rompe con todos los precedentes flamencológicos. El cante flamenco con su ‘ay’ tradicional es el cante del ‘fellahmngu’, en boca de “los últimos descendientes de la cultura más bella del mundo, ahora labradores huidos expulsados”

Es el cante del destierro de un pueblo obligado a vivir fuera de su medio ideal: una forma de “liberar su pena prisionera”. Por eso, este cante es “una música democrática”. Queda perplejo: “La música andaluza, proscrita en la sociedad, viene a refugiarse en el individuo: deja de ser coral, se torna secreta, inaccesible, pero al mismo tiempo se intensifica..., es una intimidad trágica”.
El problema de la tierra
Para Blas Infante, “el problema de la tierra en nuestro país, originariamente, antes que ser problema agrario, es el problema de un pueblo privado por conquista de la tierra de sus mayores”.

El jornalero andaluz pierde su tierra y se convierte en el esclavo del nuevo propietario, situación que dio origen a la miseria del campesinado:

“‘La tierra de Andalucía para el jornalero andaluz’ es precisamente el imperativo que actualmente viene a contener la vindicación esencial de un pueblo privado de su tierra por la conquista cristiana o europea”.

“Los pobres andaluces [...]; los cuales, privados durante siglos —que duran aún— de la tierra de sus padres, se arrimaban a las vallas de los cotos cerrados, desecho el corazón en el llanto del Islam; apercibiendo, con los ojos apagados y los cuerpos macilentos, cómo el ángel negro del feudalismo europeo ordenaba el crecimiento de malezas y de eriales con la savia de este suelo nutricio de las culturas primitiva, antigua y medieval, más intensamente inspiradas en el Mundo por el anhelo santo de elaborar, en hechos vivos del Espíritu, la creación de un cuerpo al imperativo creador de Divinidad”.

Efectivamente, la reconversión del jornalero andaluz en campesino, propietario de su tierra, al igual que ocurrió durante el período árabe, se convierte en uno de los ejes centrales de su teoría política y del regionalismo en general:

“La aplicación del principio: ‘nadie debe tener la tierra que no pueda cultivar’; con la cooperación obligatoria para el alumbramiento y conducción de aguas, pudiéndose hoy llegar a extender la cooperación obligatoria, por la sindicación, para abonos, maquinarías, etc..

Viviríamos, así, conforme a nuestro genio verdadero: variedad; libertad para la variedad de municipios, de enseñanza y aprendizaje, de religiones, de justicia, de cultivos y de industrias, de inmigración y de emigración... Andalucía volvería a ser la gran maestra de síntesis, científicas, religiosas, étnicas..

Una Isla de Humanidad, en Europa, condenada a vivir entre dos mares y dos continentes, residencia del Espíritu, que a la coordinación fecunda de las variedades llama. Dios volvería a tener en ella su jardín. Y el efluvio de este jardín vendría a condensarse en una mágica palabra, mensaje de Andalucía para el mundo: la paz.”

La nobleza despojó a los trabajadores agrícolas de sus tierras y repartió grandes extensiones (latifundios) entre apellidos de linajes ilustres. “La tiranía eclesiástica destruyó la cultura de Andalucía”, y encendió las hogueras de la Inquisición para “enormes falanges de esclavos jornaleros, de campesinos sin campos, campesinos expulsados”. La solución para la reforma agrícola en las tierras de baldío es bastante clara: “reforma de la agricultura, sin indemnización de los terrenos procedentes de la conquista”.

ConclusionesLa enorme importancia de la Andalucía árabe, y de su influencia en todos los ámbitos científicos, queda demostrada por la continua polémica que viene enfrentando a los partidarios de una historiografía que revisa la historia oficial, y a quienes defiendenlos enfoques tradicionales. La escuela arabista Francesa, en este sentido, es continuamente ignorada (Olagüe, Marcais, Dozy, Schack, Burckhardt, e incluso Leví-Provenzal), tal y como sucede con especialistas o con fuentes documentales árabes.

Blas Infante emerge en este contexto como un gran adelantado a su época. Desde su proyecto político, no deja de buscar el lugar digno que se merece nuestro pasado. Libre de tópicos, ideologizaciones por motivos religiosos, y exento de visiones centralistas.

Ninguna fase de nuestra historia es el paradigma de la Andalucía ideal: todos los hitos y la sucesión de culturas han contribuido a configurar la realidad andaluza. Infante describe su teoría política en favor del nacionalismo andaluz como la voluntad de ser por sí, de existir como pueblo diferenciado que surge de una memoria histórica, de una realidad cultural y de unos intereses comunes.

Este objetivo implica la aceptación y valoración en su justa medida de todos los pueblos y culturas que pasaron por esta tierra y dejaron su impronta para conformar una comunidad diferenciada, con personalidad e identidad propia, cuyo sustrato original, al mezclarse con otras aportaciones, actúa como catalizador que termina sintetizando y enriqueciendo esas aportaciones.

Afirmamos que Al Ándalus obtuvo un lugar destacado dentro del pensamiento político de Blas Infante. Para afirmar esto, no tenemos más que ver las continuas referencias que a este momento histórico hace el autor en su bibliografía.

Así, Blas Infante considera que la historia de Andalucía no comienza con la llegada de las tropas cristianas o europeas al suelo andaluz, con la amalgama de la ‘reconquista’, sino que los siglos anteriores fueron de una importancia tal que definen su ‘genio’, es decir, los rasgos diferenciales que la distinguen del resto de pueblos.

El líder andalucista no minusvalora los ocho siglos de presencia árabe. Redescubre un pasado fulgurante, brillante, donde los andaluces vivieron una época de esplendor con escuelas, tierras y cultura. “Un pueblo culto”, a diferencia de la oscuridad de la Edad Media europea. Al Ándalus se erige como la síntesis de las peculiaridades griega y romana. Sin embargo, sus sentimientos no se quedaron simplemente en la admiración sino que, a partir de estas ideas, extrajo sus conclusiones.

Es precisamente este punto el que lleva al ideólogo nacionalista a idear una Andalucía futura estrechamente relacionada con el Oriente, una región en la que Europa representa sólo una parte del hecho diferencial andaluz. Andalucía es Europa y África en uno.

No es de extrañar por tanto que la ‘conquista’ cristiana de Al Ándalus configurase la situación socioeconómica de la región a través de la implantación de un nuevo sistema de propiedad de la tierra basado en la explotación del jornalero y en los latifundios. Esta ‘conquista’ supuso un paso atrás en el progreso de la región, un paso hacia la miseria cultural y económica. Infante rompe de nuevo con el mito de la ‘reconquista’ como hecho que procura avance y progreso.

De igual modo, la interpretación de la llegada de los árabes al suelo andaluz también supone una quiebra de un viejo mito. La ‘conquista’ es entendida como mera asimilación, la venida como respuesta al llamamiento realizado por el ‘genio’ de los andaluces a las culturas vecinas para defenderse de los abusos ‘bárbaros’.
Manuel Ruiz Romero es Licenciado en Historia. Secretario del Centro de Estudios Históricos de Andalucía (Apartado de Correos 2034 de Málaga), y colaborador honorario del Departamento de Historia Contemporánea de la Facultad de Historia de la Universidad de Sevilla. Su correo electrónico: mansusi@gmail.com

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